Hemos aprendido de Jesús Maestro…
la vida eterna

 

«Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular por Cristo, juez de vivos y de muertos.

«Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo […] constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos» ( Credo del Pueblo de Dios, 28).

 «Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es, y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza» ( Credo del Pueblo de Dios, 29).

Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios.

En virtud de la «comunión de los santos«, la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico.

Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la «triste y lamentable realidad de la muerte eterna», llamada también «infierno».

La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien solamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las cuales ha sido creado y a las cuales aspira.

La Iglesia ruega para que nadie se pierda: «Jamás permitas, Señor, que me separe de ti» (Oración antes de la Comunión, 132: Misal Romano). Si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí mismo, también es cierto que «Dios quiere que todos los hombres se salven» (1 Tm 2, 4) y que para Él «todo es posible» (Mt 19, 26).

«La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que […] todos los hombres comparecerán con sus cuerpos en el día del juicio ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus propias acciones (DS 859; cf. DS 1549).

Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud. Entonces, los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo material será transformado. Dios será entonces «todo en todos» (1 Co 15, 28), en la vida eterna».

«La Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro» (GS 10, 2; cf. 45, 2).

(Catecismo 1051ss. 450)

 

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