
En el Cristo elevado al cielo el ser humano ha entrado de modo inaudito y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siempre, espacio en Dios. El «cielo», la palabra cielo no indica un lugar sobre las estrellas, sino algo mucho más osado y sublime: indica a Cristo mismo, la Persona divina que acoge plenamente y para siempre a la humanidad, Aquel en quien Dios y el hombre están inseparablemente unidos para siempre.
El estar el hombre en Dios es el cielo. Y nosotros nos acercamos al cielo, más aún, entramos en el cielo en la medida en que nos acercamos a Jesús y entramos en comunión con él.
Por tanto, la solemnidad de la Ascensión nos invita a una comunión profunda con Jesús muerto y resucitado, invisiblemente presente en la vida de cada uno de nosotros.
Desde esta perspectiva comprendemos por qué el evangelista san Lucas afirma que, después de la Ascensión, los discípulos volvieron a Jerusalén «con gran gozo» (Lc 24, 52). La causa de su gozo radica en que lo que había acontecido no había sido en realidad una separación, una ausencia permanente del Señor; más aún, en ese momento tenían la certeza de que el Crucificado-Resucitado estaba vivo, y en él se habían abierto para siempre a la humanidad las puertas de Dios, las puertas de la vida eterna.
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Nos encontramos el martes por la tarde…
en esta última semana de Pascua.
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El trono de Dios.
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Durante este día invoca a María con esta oración:
«Madre, enseñanos a abrazar la cruz. Un día nuestros brazos se trocarán en las alas de nuestra ascensión»
(S. Manuel Glez. García)
La Ascensión, un punto y seguido de Jesucristo.
Mirar las nubes… no, mirar a la derecha del Padre.
Un par de suspiros y llega, llega la fuerza del E. S.
Sejamos sempre fiéis ao PAI , tentando cumprir a SUA vontade configuramo-nos com JESUS e MARIA podendo vivermos na esperança e confiança do OITAVO DIA .Gratos MESTRE pela TUA REDENÇÃO