Ikthys

Tengo un amigo, un amigo bueno y sabio al que quiero entrañablemente. También él me quiere; recibo continuamente mil muestras de su cariño, de su bondad y de su sabiduría.

Te he traído un regalo.

No me extraña, porque mi amigo, además de bueno y sabio, es también generoso. Me muestra en la palma de su mano un pececito de plata, no más grande que el pequeño clip que yo utilizo para hermanar dos folios.

Como regalo no es gran cosa, la verdad; le miro expectante:

– ¿Sabías que para los primitivos cristianos de la Roma de las catacumbas el pez era el símbolo de Jesucristo?  – me pregunta.

Niego con la cabeza. No, no lo sabía; seguro que he puesto una cara de boba extrañeza. Me explica:

– Verás, muchos de aquellos primeros cristianos eran bilingües: conocían el griego y el latín. Pez en griego se dice “IKTHYS” y sus letras se desglosan en iniciales así:

   I                   IEOSUS                JESÚS

   K                 KHRISTÓS           CRISTO

   TH               THÉOS                 DIOS

   Y                 YIÓS                      HIJO

   S                 SOTER                 SALVADOR

Es decir: “Jesús Cristo, Dios Hijo, Salvador”.

Mi amigo se ha sentado a la mesa y ha escrito su explicación para que yo la entienda bien; luego, sigue hablando:

– El pez era también utilizado como contraseña. Los cristianos llevaban colgado al cuello un pequeño pez, quizá parecido a este. Se lo quitaban para mostrarlo a la entrada, a manera de identificación, al llegar a uno de aquellos encuentros clandestinos, a los que las persecuciones les obligaban.

Los peces-contraseña quedaban todos juntos depositados en una cesta. Al terminar la reunión o la celebración, siempre nocturna, los cristianos se dispersaban  silenciosamente. Cada uno de ellos tomaba de la cesta al salir un pez y se lo colgaba al cuello, bien disimulado entre la ropa. Este pez no era el que había depositado a la entrada, sino uno tomado al azar, uno cualquiera.

Todos los cristianos se sentían hermanos y aquel pequeño intercambio de símbolos les hacía sentirse más hermanados.

Y había algo más. Cuando alguno de los miembros de la comunidad había muerto como mártir, lo que era muy frecuente en aquella época de persecuciones, alguno de sus allegados recogía su pez, el pez que había acompañado a un mártir, a un testigo de Cristo, y lo llevaba a la reunión siguiente. A la entrada lo depositaba, con los otros en la cesta. A la salida, nadie estaba seguro de si el pez que se había colgado al cuello había sido llevado antes por alguien que había dado testimonio de Jesucristo muriendo en el martirio.

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Mi amigo me ha tendido el pececito que tenía en la mano y yo lo he recibido con reverente emoción. Ahora sé todo el valor simbólico que el regalo representa.

– ¡Gracias, muchas gracias! ¡Qué hermosa historia y qué precioso regalo!

Mi amigo se limita a sonreír, él es así. Hace regalos valiosos y, luego, cuando le das las gracias, sólo sonríe, como quitándole importancia a lo que ha hecho.

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Llevo siempre el pececito conmigo, colgado al cuello con una cadenilla de plata. Quiero que me recuerde constantemente que soy cristiana y que debo comportarme en todo momento como testigo de Cristo.

Y porque intento imitar la generosidad de mi amigo, he querido ahora compartir con vosotros esta historia.

2 pensamientos en “Ikthys

  1. Me ha parecido precioso el contenido de “IKTHYS”. Una preciosa historia real relatada de manera muy especial y cercana. Gracias por todo lo que aprendemos a través de esta interesante y amena web.

  2. Hago echo de los comentarios de Nora. Quién lo diría, un pececillo. La historia contiene muchos elementos positivos – la generosidad, el cariño, la sabiduría, el amor a Dios.

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