Siete pistas para vivir
la espiritualidad propia del Adviento

 
1. Expectación y Preparación:
a. Expectantes porque el Señor volverá, en gloria y majestad en la Parusía.
b. Preparados porque vamos a hacer memoria de la Navidad, cuando vino en la humildad de la carne.

 

2. Todo a su tiempo:
Desde el primer domingo de adviento y hasta el día 16 de diciembre, incluido, no se habla de Navidad, sino de Parusía (que esperamos).
A partir del 17 de diciembre y hasta el 24, incluido, no se habla de Parusía, sino de Navidad (que conmemoramos).

Dies irae (IV)

Lucernario en Nazaret (Israel) para recibir el domingo

Por la tarde, cuando oramos al encender las luces, se proponen estas estrofas del canto «Dies irae»:

«Tú, que absolviste a la pecadora y escuchaste al ladrón, también a mí me diste esperanza.
Mis ruegos de nada valen, pero tú que eres bueno haz misericordioso que no me queme en el fuego eterno.
Dame un lugar entre las ovejas y separándome de los cabritos colócame a tu diestra.
Rechazados ya los condenados, y entregados a las duras llamas, llámame con los bienaventurados.
Suplicante y humilde te ruego, con el corazón casi hecho ceniza: toma a tu cuidado mi destino.
Día de lágrimas será aquel en que resurja del polvo
el hombre culpable para ser juzgado. ¡Perdónale pues, oh Dios!»

 

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El códice Vigilano o Albeldense

Querubines -en el códice mozárabe vigilano (fol. 17v)- y árbol de la vida (cf. Gen 3,24).

Con el nombre Codex Conciliorum Albeldensis seu Vigilanus se conserva este manuscrito de 429 folios de pergamino escritos en letra visigoda a dos columnas. Tiene 82 miniaturas, de gran calidad, algunas a página entera. Fue terminado en 976, después de dos años de trabajo, en el Monasterio de San Martín de Albelda (Rioja), bajo el reinado del rey Sancho II de Navarra. Sus autores, Vigila (scriba), Sarracino (socius) y García (discipulus), aparecen dibujados en el folio 428.

El códice Vigilano contiene una colección completa de los concilios españoles y cánones de concilios generales, además de una selección de cánones y decretales de pontífices romanos hasta San Gregorio Magno, así como el Liber Iudiciorum o Lex Visigothorum, código civil promulgado por Recesvinto en el año 654 («Fuero Juzgo»). Además, incluye otros textos históricos o litúrgicos (Cronicón Albeldense, la Crónica Profética o la Vida de Mahoma).

Además de las magníficas miniaturas “mozárabes”, en este códice se encuentra el registro más antiguo que se conserva en el mundo donde aparecen las nueve cifras hindú-arábigas (no se halla el cero),

Gracias a Felipe II se conserva en la Biblioteca del Monasterio del Escorial, (cód. nº 976).

 

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Dies irae (III)

Misa en Rito hispano en la parroquia de santa Eulalia (Toledo, 2017)

Según parece este canto del franciscano Celano toma forma en el s. XIII.
Hoy se reza en el Oficio de Lectura, en Laudes y en Vísperas.
«La frase «dies ire, dies illa» se encuentra ya en un poema, también en dímetros rítmicos de mucho más tosca factura, del siglo IX, del que existe más de una versión. En textos de la liturgia de difuntos, tanto de la Misa, como del Oficio y de otros ritos, aparecen, desde varios siglos antes de Tomás de Celano, los diversos motivos tan bellamente desarrollados en este poema».
Los versos que se asignan a la oración de la mañana son estos:

 

«¿Qué podré yo, desdichado, decir entonces? ¿A qué protector invocaré, cuando apenas los justos están seguros?
Rey de tremenda majestad, que salvas gratis a quienes van a ser salvados, sálvame, fuente de piedad.
Recuerda, piadoso Jesús, que soy la causa de tu camino, no me pierdas aquel día.
Buscándome, te sentaste cansado; me redimiste padeciendo muerte de cruz; no sea vano tanto esfuerzo.
Juez que castigas justamente, hazme el regalo del perdón antes del día del juicio.
Gimo como un reo, se enrojece mi rostro por el pecado, perdona, Dios, a quien te implora».

 

***

 

Oramos por la concordia entre las familias
y la paz en todos los hogares.

 

Dies irae (II)

 

«En su versión original es un poema monorítmico que comprende diecisiete estrofas monorrimas de tres versos de ocho sílabas cada una. El ritmo es trocaico, con los acentos principales en las penúltimas sílabas de cada dímetro entre las que casi siempre hay separación de palabras, con la sola excepción de los segundos versos de las estrofas undecima y decimasexta».

 

Las estrofas de este canto medieval que se proponen para el Oficio de lecturas, a cualquier hora del día, son:

 

«Aquel día, día de ira, reducirá este mundo a cenizas, como profetizaron David y la Sibila.
¡Cuánto terror sobrevendrá cuando venga el Juez a pormenorizar todas las cosas con estricto rigor!
La trompeta, esparciendo un maravilloso sonido por todos los sepulcros del mundo, reunirá a todos ante el trono.
La muerte y la naturaleza quedarán estupefactas cuando resuciten las criaturas para responder a su Juez.
Saldrá a la luz el libro escrito que todo lo contiene, por el que el mundo será juzgado. Cuando al Juez le parezca oportuno, todo lo oculto saldrá a la luz; nada quedará impune».

Dies irae 

Fragmentos de un Credo visigótico donde aparece el artículo: «Vendrá a juzgar a vivos y muertos»

La melodía gregoriana del Dies irae “suena en los títulos de crédito iniciales de El resplandor (1980). Si tienes buen oído, también habrás identificado sus notas musicales en los instantes previos a la muerte de Mufasa en El Rey León (1994). Aparece, de forma directa o indirecta, en otros clásicos del cine como El Señor de los anillos (2001), Qué bello es vivir (1946) y en varias de las entregas de La guerra de las galaxias”. 

 

La inspiración para este himno parece venir de la Vulgata latina en su traducción de Sofonías 1, 15–16. Es interesante -en la primera estrofa- la mención de la Sibila juntamente con el rey David. Como la Kalenda de Navidad , este precioso texto que parte de la fe en la revelación de Dios en los libros bíblicos admite que hay, también, una “revelación” en la naturaleza y en la historia. Probablemente, aquí se cita a la sibila o vaticinadora de Cumas / Nápoles (cf. Égloga IV de Virgilio). Ambos,  y se podría pensar que todas las tradiciones y estudios de los pueblos, anuncian el final de la realidad que contemplamos. 

El himno “Aquel día”, día de ira de confusión para los malvados y de bendición para los honrados, se compuso en el siglo XIII (Tomás de Celano). Un siglo más tarde se incorporó a la Misa de Requiem (en sufragio por los difuntos) para ser cantado antes del Evangelio (Secuencia). Tras la renovación litúrgica fruto del Concilio Vaticano II, fue suprimido su uso en el Misal Romano de 1970 editado por san Pablo VI, pero se propuso como himno para las Horas del Oficio Divino. Allí se encuentra y, por ese motivo, lo presentamos como oración de estos días, la última semana del año litúrgico en el Rito romano. 

En esta semana XXXIV –concluyendo el año- recordamos las palabras del Credo: “Volverá glorioso para juzgar a vivos y muertos”. Cada día, en el Misa en Rito hispano, las palabras eucarísticas del memorial dicen: Hasta que vuelva glorioso desde los cielos. Nuestra venerable liturgia hispánica ilustró el “hasta que vuelva” de san Pablo añadiéndole la locución in claritate de caelis (“glorioso desde los cielos”). 

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Viene Cristo Rey:
el Reino de Dios y la Iglesia

“Cristo no sólo ha anunciado el Reino, sino que en él el Reino mismo se ha hecho presente y ha llegado a su cumplimiento: Sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, quien vino «a servir y a dar su vida para la redención de muchos» (Mc 10, 45).

El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible.

Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no existe ya el reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino —que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano o ideológico— como la identidad de Cristo, que no aparece ya como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Cor  15,27).

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Presentación de María en el Templo:
la oblación de la Virgen

 

El icono describe a la Virgen con tres años -iniciando su «oblación»- recibida por el sacerdote del Templo de Jerusalén.
Entre María y su padres, Joaquín y Ana, aparecen otras seis vírgenes prudentes con lámparas encendidas.
En el ángulo superior derecho, la Madre de Dios recibiendo su alimento celestial:
la escucha de la palabra le hará fuerte para encarnarla en su vientre (cf. Mt 7,21ss Lc 8,20).

 

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Mañana, sábado:
la oblación de la Madre de Dios

Los textos de esta celebración cuentan cómo María fue llevada como niña pequeña al templo por sus padres Joaquín y Ana, a fin de continuar allí su educación con las vírgenes consagradas al servicio del Señor hasta que fueran desposadas en matrimonio. Según la tradición de la Iglesia, la Virgen fue recibida solemnemente en el templo por la comunidad del templo, encabezada por el sacerdote Zacarías, el padre de San Juan Bautista. La tradición agrega que fue conducida al santuario para ser “alimentada” allí por los ángeles, por ser la “santa y bendita entre todas” por Dios. Esta entrada en el templo sería su preparación espiritual para ser el santuario y templo vivo del Divino Niño que habría de nacer de ella.