Servir a Dios, servir al prójimo

«Quien sirve a Dios, imitando a Cristo,
debe dedicarse a la contemplación
sin renunciar a la vida activa.
No sería correcto obrar de otra manera,
pues del mismo modo que se debe amar a Dios
con la contemplación,
también hay que amar al prójimo con la acción.
Por tanto,
es imposible vivir sin la presencia de ambas formas de vida,
y tampoco es posible amar
si no se hace la experiencia tanto de una como de otra»
(S. Isidoro, Differentiarum Lib. II, 34, 135: PL 83, col 91 C).

Oficio de la Iglesia

“Se recomienda asimismo a los laicos, dondequiera que se reúnan en asambleas de oración, de apostolado, o por cualquier otro motivo, que reciten el Oficio de la Iglesia, celebrando alguna parte de la Liturgia de las Horas. Es conveniente que aprendan, en primer lugar, a adorar al Padre en espíritu de verdad, y que se den cuenta de que el culto público y la oración que celebran atañe a todos los hombres y puede contribuir en considerable medida a la salvación del mundo entero.

Conviene finalmente que la familia, que es como un santuario doméstico dentro de la Iglesia, no sólo ore en común, sino que además lo haga recitando algunas partes de la Liturgia de las Horas, cuando resulte oportuno, con lo que se sentirá más insertada en la Iglesia”. (OGLH 27)

Comenzando el curso ’18-’19

Este martes, 18 de sep. 2018 AD con la misa en nuestro venerable Rito Hispano comenzó el curso.
En la madrileña Basílica de la Concepción de la c/ Goya 26 los martes, a las 19’00h, se ofrece una hora de oración con la Misa visigótico-mozárabe.

Es una ocasión para el encuentro con Dios y con los hermanos en el surco de nuestra tradición hispana.
Un compromiso: ¡reservar esta hora en la agenda!

Abrid las puertas a Cristo

Del comentario de san Ambrosio, obispo, sobre el salmo 118

 

Yo y el Padre vendremos y haremos morada en él. Que cuando venga encuentre, pues, tu puerta abierta, ábrele tu alma, extiende el interior de tu mente para que pueda contemplar en ella riquezas de rectitud, tesoros de paz, suavidad de gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna que alumbra a todo hombre. Esta luz verdadera brilla para todos, pero el que cierra sus ventanas se priva a sí mismo de la luz eterna. También tú, si cierras las puertas de tu alma, dejas afuera a Cristo. Aunque tiene poder para entrar, no quiere, sin embargo, ser inoportuno, no quiere obligar a la fuerza.

Él salió del seno de la Virgen como el sol naciente, para iluminar con su luz todo el orbe de la tierra. Reciben esta luz los que desean la claridad del resplandor sin fin, aquella claridad que no interrumpe noche alguna. En efecto, a este sol que vemos cada día suceden las tinieblas de la noche; en cambio, el Sol de justicia nunca se pone, porque a la sabiduría no sucede la malicia.

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Vida espiritual. ¡HAZ ORACIÓN!

En la Ermita de san Isidro, el patrón mozárabe madrileño,
se distribuyó muchas veces este <decálogo>.
Lee, por favor, por si te puede servir.

1.- Hazte un plan de oración: no lo dejes al azar. Escoge un tiempo y un lugar.
2.- Decide cuánto tiempo vas a emplear en tu intento de orar.
3.- Decide lo que vas a hacer cuando ores (texto espiritual, pasaje de la Biblia, tus propias palabras o simplemente el silencio).

4.- Empieza tu tiempo de oración invocando al Espíritu Santo.
5.- Ten presente que estás en presencia de una persona Dios, el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo. El quiere entrar en contacto contigo.
6.- No te esclavices a un método de oración. Escoge el más fácil o el mejor para ti.
7.- No busques resultados.
8.- Si tienes distracciones, mételas en tu oración.
9.- Si en la oración, siempre te sientes seco y sin interés, entonces lee un libro espiritual o algún folleto. La lectura espiritual es importante.
10.- Intentar orar es oración. Nunca renuncies a ese intento.

Ser lo que vemos…

Recibimos el Cuerpo de Cristo
para que juntos podamos ser
más verdaderamente
el cuerpo de Cristo en el mundo.

Como nos recuerda san Agustín de Hipona,
en la Eucaristía hemos de ser lo que vemos
y recibir lo que somos (Sermo, 272).

También continúa diciendo:
“A lo que sois respondéis con el amén,
y vuestra respuesta es vuestra rúbrica.
Se te dice: ‘El cuerpo de Cristo’,
y respondes: ‘Amén’ (Ibid.)”.
Ahora el “Amén”,
dicho cuando recibimos la Comunión,
es una continuación del gran Amén
que expresa nuestra disposición
a entrar en la vida de comunión
que Cristo ha obtenido para nosotros
con su Muerte y su Resurrección.