El salmo y el salmista

«El salmo responsorial, llamado también gradual, dado que es «una parte integrante
de la liturgia de la palabra», tiene gran importancia litúrgica y pastoral. Por eso
hay que instruir constantemente a los fieles sobre el modo de escuchar la palabra de
Dios que nos habla en los salmos, y sobre el modo de convertir estos salmos en oración de la Iglesia.
Esto «se realizará más fácilmente si se promueve con diligencia entre los ministros
un conocimiento más profundo de los salmos,
según el sentido con que se cantan en la sagrada liturgia,
y si se hace partícipes de ello a todos los fieles con una catequesis oportuna».
También pueden ayudar unas breves moniciones
en las que se indique la razón de aquel salmo determinado y de la respuesta,
y su relación con las lecturas».
(OLM n. 19)

“Se recomienda el canto del Salmo responsorial, respuesta de la Iglesia orante;
por eso, se ha de incrementar el servicio del salmista en cada comunidad”.
Santa Sede, dic. 2020

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Año Jubilar de san Isidro en Madrid

​San Isidro labrador en la Ermita de Ntra. Sra. de Begoña (El Plantío / Madrid)

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El santo mozárabe, patrón de Madrid, vivió en el s. XII.
En el Mayrit de su época las «advocaciones y la constatación de nombres y apellidos
-hasta mitad del siglo XIII- revelan un fuerte porcentaje de población mozárabe»
(Montero, 2003a: 165ss)
Hoy recordamos un gran santo franciscano: Antonio de Lisboa/Padua (+ 1231).

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Después del tiempo pascual, que concluyó el domingo de Pentecostés, la liturgia ha vuelto al «tiempo ordinario».
Pero esto no quiere decir que el compromiso de los cristianos deba disminuir;
al contrario, al haber entrado en la vida divina mediante los sacramentos,
estamos llamados diariamente a abrirnos a la acción de la gracia divina,
para progresar en el amor a Dios y al prójimo.
La solemnidad de ayer, domingo de la Santísima Trinidad,
en cierto sentido recapitula la revelación de Dios acontecida en los misterios pascuales:
muerte y resurrección de Cristo, su ascensión a la derecha del Padre y efusión del Espíritu Santo.
La mente y el lenguaje humanos son inadecuados para explicar la relación que existe
entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
y, sin embargo, los Padres de la Iglesia trataron de ilustrar el misterio de Dios uno y trino
viviéndolo en su propia existencia con profunda fe.
La Trinidad divina, en efecto, pone su morada en nosotros el día del Bautismo:
«Yo te bautizo –dice el ministro– en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
El nombre de Dios, en el cual fuimos bautizados, lo recordamos cada vez que nos santiguamos.
El teólogo Romano Guardini, a propósito del signo de la cruz, afirma:
«Lo hacemos antes de la oración, para que… nos ponga espiritualmente en orden;
concentre en Dios pensamientos, corazón y voluntad;
después de la oración, para que permanezca en nosotros lo que Dios nos ha dado …
Esto abraza todo el ser, cuerpo y alma,
… y todo se convierte en consagrado en el nombre del Dios uno y trino»
(Lo spirito della liturgia. I santi segni, Brescia 2000, pp. 125-126).
Por tanto, en el signo de la cruz y en el nombre del Dios vivo
está contenido el anuncio que genera la fe e inspira la oración.

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La Santa Trinidad

«Los cristianos no adoran a tres dioses diferentes,
sino a un único ser, que es trino
(Padre, Hijo y Espíritu Santo) y sin embargo uno.
Que Dios es trino lo sabemos por Jesucristo:
Él, el Hijo, habla de su Padre del Cielo («Yo y el Padre somos uno», Jn 10,30).
Él ora al Padre y nos envía el Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo.
Por eso somos bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19)».

Esta teología está continuamente presente
en las oraciones del Rito Hispano-mozárabe.

«Cuando descubrimos la realidad de Dios en nosotros, entramos en contacto con la acción del Espíritu Santo.
Dios «envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Gál 4,6), para que nos llene completamente.
En el Espíritu Santo el cristiano encuentra una alegría profunda, la paz interior y la libertad.
«Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abbá, Padre!» (Rom 8,15b).
En el Espíritu Santo, que hemos recibido en el Bautismo y la CONFIRMACIÓN podemos llamar a Dios «Padre»».

«El domingo siguiente a Pentecostés la Iglesia [de Rito romano] celebra la solemnidad de la santísima Trinidad. En la baja Edad Media, la devoción creciente de los fieles al misterio de Dios Uno y Trino, que desde la época carolingia tenía un lugar importante en la piedad privada y había dado origen a expresiones de piedad litúrgica, indujo a Juan XXII a extender en 1334 la fiesta de la Trinidad a toda la Iglesia latina. Este acontecimiento tuvo, a su vez, un influjo determinante en la aparición y desarrollo de algunos ejercicios de piedad».

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Palabra de Dios: palabra eficaz

Recuerda el Concilio Vaticano II a todos los cristianos:
<En los sagrados libros
el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos;
y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad,
apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos,
alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual.
Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras:
«Pues la palabra de Dios es viva y eficaz»,
«que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados»>
(DV 21).

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Los metropolitanos de Sevilla…

“Es bien sabido que desde 589, fecha de la conversión de Recaredo en el marco del III Concilio de Toledo donde San Leandro impuso triunfalmente sus tesis, hasta la celebración del IV Concilio de Toledo, presidido por San Isidoro en 633, el liderazgo de la Iglesia hispana -desde ese momento nacional- estuvo representado por los metropolitanos de Sevilla.

Es también doctrina común que este período es el de mayor creatividad en materia litúrgica, y que esta actividad se desarrolló de modo especial en la escuela hispalense. En efecto, con aportaciones procedentes del resto de provincias, especialmente de la tarraconense, los primeros pasos de la configuración de un Rito unificado válido para todo el reino se realizaron en el entorno de San Leandro y San Isidoro durante la última década del s. VI y el primer tercio del s. VII”

J. M. Anguita Jaén – M. C. Fdez. López,
Las Preces Hispánicas. Puesta al día y novedades
en Exemplaria Classica
Rev. Filología clásica, Univ. Huelva, 12 (2008) 163.

Hoy es la fiesta de san Kylian de Iona, obispo de Wurzburgo (+ 689).

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Misa en Rito Gotho-hispano

​Mañana, martes, celebramos la Misa en Rito hisp-moz.
en la Basílica de La Concepción de Madrid (19 h.).

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<Mediante una acción inefable y santa  
y de un modo invisible a los hombres  
se ofreció a sí mismo como oblación y víctima,  
siendo a la vez Sacerdote y Cordero de Dios,  
que quita el pecado del mundo…  
Cuando distribuyó su cuerpo como comida  
mostró abiertamente que  
el sacrificio del Cordero ya se había realizado,  
pues el cuerpo de una víctima  
no puede comerse mientras posea vida.  
Por tanto,  
en el momento en que Cristo  
dio a sus discípulos su cuerpo en comida  
y su sangre en bebida,  
su cuerpo había sido ya sacrificado  
de un modo inefable e invisible> (S. Gregorio de Nisa) 
(Citado por la Hna. Theofora Schneider en Introducción a “Nuestra Pascua”)

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Cada sábado nos habla del silencio

En la liturgia “particular importancia tiene el silencio que,
favoreciendo la meditación,
permite que la Palabra de Dios sea acogida interiormente
por quien la escucha”.
Santa Sede, dic. 2020
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Hoy se recuerda al norafricano san Optato, obispo de Milevi (+384)
y a san Walter, abad (s. XIII).
Mañana es la memoria de San Bonifacio (s. VIII):
Este monje del Sur de Inglaterra – de nombre de Winfrid por el bautismo- es el evangelizador de Alemania.
El papa de Roma, san Gregorio II, lo ordenó obispo y le envió a Germania para anunciar la fe de Cristo.
Rigió la sede de Maguncia (Mainz) y, hacia el final de su vida, al visitar a los frisios en Dokkum,
consumó su obra misional con el martirio († 754).
Al morir llevaba en sus manos las obras de san Isidoro.
Su sepulcro se venera en Fulda (Hesse, Alemania).
La tradición cuenta que después de talar la encina sagrada de Thor
-donde se ofrecían sacrificios humanos-
Bonifacio plantó, en su lugar, un abeto en honor de Cristo, el viviente (Ap, 1,18).
El hecho se sitúa en Geismar (hoy, parte de la ciudad de Fritzlar, en el norte de Hesse) en el 723 A.D.
Catequéticamente, el abeto evocaba a Cristo como el verdadero árbol de la vida (Ap. 2,7);
sus hojas perennes -siempre verde- recordaban la resurrección del Señor
y la forma triangular dio pie a una primera presentación del Dios Trino.
La costumbre popular adornó el árbol
con manzanas (en recuerdo del árbol del paraíso)
y velas (luz de Redención).

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El árbol de la vida eterna

Chagall, Árbol de la Vida (Vitrales en la capilla de Sarrebourg Cordeliers, Francia)

***
Oramos pidiendo participar del fruto eterno del Árbol de la Vida:

Ven, Creador Espíritu, 
al alma de tus fieles, 
y llena con tu gracia 
todos los corazones. 
 
Paráclito divino, 
oh Don de Dios altísimo, 
Amor, Fuego, Fuente viva, 
Unción de los espíritus. 
 
En nombre de Dios Padre, 
dirige nuestras almas: 
infúndenos tus Dones, 
inspira las palabras. 
 
Tu Luz nos ilumine, 
el corazón abrasa, 
y nuestro ser, tan débil, 
conforta con tu gracia. 
 
Ahuyenta al Enemigo 
y da la paz al alma; 
a tu inspiración dócil, 
del mal es preservada. 
 
Saber por Ti del Padre 
y conocer al Hijo, 
creer en Ti, concédenos, 
de ambos el Espíritu. Amén. 

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Juan, el vidente de la isla de Patmos 

«Hoy volvemos a ocuparnos de la figura de san Juan, esta vez considerándolo el vidente del Apocalipsis. Ante todo, conviene hacer una observación: mientras que no aparece nunca su nombre ni en el cuarto evangelio ni en las cartas atribuidas a este apóstol, el Apocalipsis hace referencia al nombre de san Juan en cuatro ocasiones (cf. Ap 1, 1. 4. 9; 22, 8). Es evidente que el autor, por una parte, no tenía ningún motivo para ocultar su nombre y, por otra, sabía que sus primeros lectores podían identificarlo con precisión. Por lo demás, sabemos que, ya en el siglo III, los estudiosos discutían sobre la verdadera identidad del Juan del Apocalipsis. En cualquier caso, podríamos llamarlo también «el vidente de Patmos«, pues su figura está unida al nombre de esta isla del mar Egeo, donde, según su mismo testimonio autobiográfico, se encontraba deportado «por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús» (Ap 1, 9). 

Precisamente, en Patmos, «arrebatado en éxtasis el día del Señor» (Ap 1, 10), san Juan tuvo visiones grandiosas y escuchó mensajes extraordinarios, que influirán en gran medida en la historia de la Iglesia y en toda la cultura cristiana. Por ejemplo, del título de su libro, «Apocalipsis», «Revelación», proceden en nuestro lenguaje las palabras «apocalipsis» y «apocalíptico», que evocan, aunque de manera impropia, la idea de una catástrofe inminente. 

El libro debe comprenderse en el contexto de la dramática experiencia de las siete Iglesias de Asia (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea) que, a finales del siglo I, tuvieron que afrontar grandes dificultades -persecuciones y tensiones incluso internas- en su testimonio de Cristo. San Juan se dirige a ellas mostrando una profunda sensibilidad pastoral con respecto a los cristianos perseguidos, a quienes exhorta a permanecer firmes en la fe y a no identificarse con el mundo pagano, tan fuerte. Su objetivo consiste, en definitiva, en desvelar, a partir de la muerte y resurrección de Cristo, el sentido de la historia humana. 

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