
PARA UNA PEQUEÑA CATEQUESIS SOBRE LAS MISAS QUE SE OFRECEN EN SUFRAGIO POR LOS DIFUNTOS

«Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular por Cristo, juez de vivos y de muertos.
«Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo […] constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos» ( Credo del Pueblo de Dios, 28).
«Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es, y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza» ( Credo del Pueblo de Dios, 29).

En el Nuevo Testamento resuena con fuerza el llamado al amor fraterno:
«Toda la Ley alcanza su plenitud en un solo precepto:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Ga 5,14).
«Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza.
Pero quien aborrece a su hermano está y
camina en las tinieblas» (1 Jn 2,10-11).
«Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida,
porque amamos a los hermanos.
Quien no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3,14).
«Quien no ama a su hermano, a quien ve,
no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20)
Textos para meditar y cotejar nuestra vida…


“Aquí estoy, mándame”.
“En este año, marcado por los sufrimientos y desafíos causados por la pandemia del COVID-19, este camino misionero de toda la Iglesia continúa a la luz de la palabra que encontramos en el relato de la vocación del profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: «¿A quién enviaré?» (ibíd.).
La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia. Preguntémonos:

“Lo propio de la medicina es curar, pero también cuidar, aliviar y consolar sobre todo al final de esta vida.
La medicina paliativa se propone humanizar el proceso de la muerte y acompañar hasta el final.
No hay enfermos “incuidables”, aunque sean incurables.
Abogamos, pues, por una adecuada legislación de los cuidados paliativos que responda a las necesidades actuales que no están plenamente atendidas.
La fragilidad que estamos experimentando durante este tiempo constituye una oportunidad para reflexionar sobre el significado de la vida, el cuidado fraterno y el sentido del sufrimiento y de la muerte.”
De la Conferencia de Obispos de España

Orando por todos los enfermos:
Que os bendiga y tenga misericordia de vosotros
nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo y Rey eterno.
R/.Amén.
Que envíe a su santo ángel,
para que guarde vuestros cuerpos y vuestras almas.
R/.Amén.
Permanezca con vosotros la paz de nuestro Señor Jesucristo,
para que procedáis en la luz de la paz
y seáis contados en el número de los santos.
R/.Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro,
que eres bendito y vives y todo lo gobiernas,
por los siglos de los siglos.
R/.Amén.
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R. Paloma mía, que anidas en los huecos de la peña,
en las grietas del barranco, déjame ver tu figura.
* Déjame escuchar tu voz, permíteme ver tu rostro,
porque es muy dulce tu hablar y gracioso tu semblante.
V. Y una gran señal apareció en el cielo:
una Mujer, vestida del sol,
y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.
R. Déjame escuchar tu voz, permíteme ver tu rostro,
porque es muy dulce tu hablar y gracioso tu semblante.
(Ct 2, 14; Ap 12, 1 )
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M. Lawrence, <Cristo, Luz verdadera>
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Capitel de la catedral de Tudela: Dios creando los cielos y los mares
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón» (cf. Sal 94)
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Domingo: día de la Eucaristía
«V. Reconoced en el pan al mismo que pendió en la cruz; reconoced en el cáliz la sangre que brotó de su costado. Tomad, pues, y comed el cuerpo de Cristo; tomad y bebed su sangre. Sois ya miembros de Cristo.
R. Comed el vínculo que os mantiene unidos, no sea que os disgreguéis; bebed el precio de vuestra redención, no sea que os despreciéis»








