Esther, figura de María

 

Cuando peregrinamos a Tierra Santa evocamos las figuras de las santas mujeres cuyas alabanzas canta la Escritura.
Allí, no pocas veces, uno se maravilla de la poca formación de algunos jóvenes.
En torno a la imagen de la Dormición de María (Basílica Santa Sión) se encuentran los mosaicos de algunas mujeres: Eva, Myrian, Esther, Yael, etc.
No todos saben identificarlas y, menos aún, decir algo sobre ellas.
En estos días de agosto, antes de la solemnidad de la Asunción podemos recordarlas.
He vuelto al libro de «Historia Sagrada» que leíamos en la catequesis.
De allí copio esta historia para que Ester y Mardoqueo sean, otra vez, parte de nuestra propia historia:

«No todos los hebreos volvieron a Jerusalén, sino que algunos se quedaron viviendo con los persas. Entre ellos estaba una joven llamada Ester, que se quedó con su tío Mardoqueo.

El rey de los persas se llamaba Asuero. Un día fue Ester a la corte y Asuero, al verla, se enamoró de ella y se casaron. Ester no dijo que era judía. Pero resulta que Amán, favorito del rey, como era muy orgulloso, mandó que todo el mundo se arrodillara ante él y Mardoqueo se negó a hacerlo.

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Mediando este mes: <la Virgen de Agosto>

Dormición de María (s. XIII). Frontal de altar en Mosoll, Das (Gerona)

En Oriente, las dos semanas antes de la fiesta son de preparación.
En Occidente, los ochos días siguientes invitan a una prolongación (22 ag.).

“Inspirándose en los pormenores esenciales descritos en los apócrifos asuncionistas, el arte medieval bizantino y europeo, al representar las circunstancias del óbito o dormición de la Virgen, llega a diferenciar siete episodios distintos en el tiempo y en el espacio, varios de los cuales pueden a veces estar integrados indisolublemente en una sola escena:
la dormición en sentido estricto, los funerales, el cortejo fúnebre, el sepelio o introducción en el sepulcro, la resurrección del cuerpo de María, su asunción al cielo, y, por último, ocasionalmente –desde mediados del siglo XII— su coronación como Reina de los Cielos”

(J. M. Salvador Glez.).

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Lectores de la Palabra

Los tres jóvenes en el horno de Babilonia (Dan 3):
tema bíblico muy celebrado por la liturgia hispana

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Como es bien sabido,
el profesor Unamuno fue desterrado a Fuerteventura (1924).
Llegó a la isla canaria con tres libros:
uno de ellos el Nuevo Testamento en su original griego.
La lectura de la Palabra le hizo muy libre.

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Mantenemos la propuesta de leer diariamente la Palabra de Dios.
Por ejemplo: los once primeros capítulos del Génesis,
los salmos y, este año,
los cinco grandes discursos de Jesús en el Evangelio de san Mateo.

Tras el «Corpus»:
la lectura de la Biblia como “sacramento”

<Como en el banquete eucarístico se tiene cuidado de que no caiga nada de las preciosas especies, de la misma manera se ha de procurar no perder una sola palabra de la Sagrada Escritura cuando es leída en la Iglesia; porque también de ella se alimenta el hombre interior. «Como la carne de Cristo es una verdadera comida y su sangre una verdadera bebida», escribe San Jerónimo, «así nuestro único bien en la vida presente es comer esta carne y beber esta sangre, no sólo en el Misterio (del Altar), sino también en la lectura de la Escritura» (In Ecclesiastes, c. III.)>.

 

(E. Löhr, Los misterios pascuales (1957), ed. Guadarrama, Madrid 1963, pág. 23s.)

Una enseñanza para tener en cuenta
y un acicate para leer la Palabra de Dios
-de manera más abundante- en estos días.

San Pablo VI

A este Papa santo debemos el desarrollo y culminación del Concilio Vaticano II.
El primer documento de esta magna Asamblea fue sobre la liturgia.
En él encontramos estas palabras que han hecho posible la restauración del Rito Hispano en Occidente:

 

«El sacrosanto Concilio, ateniéndose fielmente a la tradición,
declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor
a todos los Ritos legítimamente reconocidos
y quiere que en el futuro se conserven 
y fomenten por todos los medios.
Desea, además, que, si fuere necesario,
sean íntegramente revisados con prudencia,
de acuerdo con la sana tradición,
reciban nuevo vigor,
teniendo en cuenta las circunstancias y necesidades de hoy»

 

(S C 4).
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Domingo V de Pascua

Fuente bautismal, Santa María en Portchester (Hants)

 

La Resurrección de Cristo…
Toda nuestra fe se basa en la transmisión constante y fiel de esta «buena nueva»  que requiere la labor de testigos entusiastas y valientes.
Todo discípulo de Cristo, también cada uno de nosotros, está llamado a ser testigo.
Este es el mandato preciso, comprometedor y apasionante del Señor resucitado.
La «noticia» de la vida nueva en Cristo debe resplandecer en la vida del cristiano, debe estar viva y activa en quien la comunica, y ha de ser realmente capaz de cambiar el corazón, toda la existencia.
Esta noticia está viva, ante todo, porque Cristo mismo es su alma viva y vivificante.
No en vano él nos dice hoy: Yo soy el camino y la verdad y la vida (cf. Juan 14, 1-12)

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En este día de san Juan de Ávila recordamos en la oración a nuestros presbíteros.

Nuestros ministros
están reforzando los equipos de capellanes de los hospitales,
están celebrando las exequias de nuestros difuntos,
están visitando a los enfermos más graves
para llevarles el auxilio de la Confesión, de la Unción y de la Comunión,
y están ofreciendo, con creatividad,
propuestas de oración y formación
a través de las redes sociales y medios de comunicación.

Los que siguen hospitalizados
nos están regalando el testimonio admirable
de vivir la postración de la enfermedad
como ofrenda por el bien espiritual de sus fieles.

Son, todos ellos, ministros de Cristo Sacerdote,
de la Eucaristía
de la Iglesia y de la humanidad.

Ánimo

«Al partir el pan» Schiel 2018

“Ánimo»: es una palabra que, en el Evangelio,
está siempre en labios de Jesús…
Es Él, el Resucitado,
el que nos levanta a nosotros que estamos necesitados.

Si en el camino eres débil y frágil, si caes, no temas,
Dios te tiende la mano y te dice: «Ánimo”. Pero tú podrías decir:
«El valor no se lo puede otorgar uno mismo».

No te lo puedes dar, pero lo puedes recibir como don.
Basta abrir el corazón en la oración,
basta levantar un poco esa piedra puesta
en la entrada de tu corazón para dejar entrar la luz de Jesús.

Basta invitarlo:

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