Isidoro Hispalense:
maestro de Europa y santo del Adviento

El calendario hispano-mozárabe actual propone el 22 de diciembre como la fiesta del Obispo de Sevilla.  Una figura que nos ayuda a vivir el misterio de la presencia de Cristo.

<Desde el año 415 hasta el año 711 el legado cultural romano cristiano continuó en la península ibérica de mano de los visigodos. En este periodo, y a lo largo de la Edad Media, un hombre clave en la cultura española fue San Isidoro de Sevilla (560-636).

Su pedagogía tiene dos vertientes y dos metas: instruir a los clérigos para la Iglesia y formar a soldados y gobernantes para la patria. Isidoro llegó a ser uno de los hombres más sabios de su época, aunque al mismo tiempo era un hombre de profunda humildad y caridad. Fue un escritor muy leído. Se le llamó el Maestro de la Edad Media o de la Europa Medieval y primer organizador de la cultura cristiana.

La principal contribución de San Isidoro a la cultura fueron sus Etimologías, una summa muy útil de la ciencia antigua condensando, más con celo que con espíritu crítico, los principales resultados de la ciencia de la época, siendo uno de los textos clásicos hasta mediados del siglo XVI.

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Adviento: tiempo de oración

La oración cristiana -que comprende la introspección- es,
sobre todo, un encuentro con Dios.
La mística cristiana, más que un mero esfuerzo humano,
es esencialmente un diálogo 
que «implica una actitud de conversión,
un éxodo del yo del hombre hacia el Tú de Dios».
 «El cristiano, también cuando está solo y ora en secreto,
tiene la convicción de rezar siempre en unión con Cristo,
en el Espíritu Santo,
junto con todos los santos para el bien de la Iglesia».

 

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Dos avisos y una oración:
  1. Los martes 24 y 31 de diciembre no hay celebración de la misa hispana en la Basílica de la Concepción. Esos días -solemnidades de precepto- son indicados para integrarnos en nuestras parroquias respectivas.
  2. Reservamos en la agenda y difundimos la celebración del día 2 de enero (Caput anni) en la parroquia de S. Manuel y S. Benito. Es la manera litúrgica de dar gracias a Dios por el nuevo año y de pedir la fuerza de su Espíritu.
  3. Oramos en este último día del otoño:
    <Oh Sol, Oriente, que naces de lo alto,
    Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia:
    ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte>.

Aplaudan los árboles del bosque

Árbol en el monasterio de Tabgah (Mar de Galilea, Israel)

V/. «Aplaudan los árboles del bosque».
R/. «Que todos los árboles del bosque aclamen» (cf. Is 55, 12 Ps 96 [95 LXX]), 12.

Oremos en la Témporas de diciembre:

Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel;
que abres y nadie puede cerrar;
cierras y nadie puede abrir:
ven y libra a los cautivos
que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

El Adviento prepara la Navidad

 Empuja el viento rebaños de copos
por el bosque invernal como un pastor,
y más de un abeto siente que pronto
se hallará nimbado de luz y amor;
y escucha un rumor distante. Resuelto
tiende sus ramas por senderos blancos,
y hace frente al viento y crece soñando
una noche de gloria y majestad.

 

RILKE, Adviento,1897 Berlín.

Oremos:

Oh Renuevo del tronco de Jesé,
que te alzas como un signo para los pueblos;
ante quien los reyes enmudecen,
y cuyo auxilio imploran las naciones:
ven a librarnos, no tardes más.

18 diciembre:
Santa María de la Esperanza

Nos unimos a todos los que piden al Espíritu,
en este tiempo de Adviento,
la virtud de la esperanza.
Lo hacemos con esta versión
del himno mariano: Ave maris, Stella.

 

Salve estrella del mar,
Santa Madre del Verbo,
Salve perpetua Virgen,
Puerta feliz del cielo.

Tu que oíste aquel Ave
de la boca arcangélica,
danos la paz más firme
cambiando el nombre de Eva.

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La dimensión escatológica de la liturgia cristiana

La vuelta del Señor: “El deseo de reflexionar y de tratar este aspecto está muy unido –especialmente- al tiempo de Adviento, con el comienzo de cada nuevo año litúrgico. La aclamación trimembre tras las palabras de la consagración eucarística se dirige al Cristo Exaltado con las palabras «hasta que vuelvas glorioso».

En la conclusión de la oración que sigue al Padrenuestro, el sacerdote pide la liberación del pecado y la protección de toda perturbación, para que la comunidad y la Iglesia no pierdan la tensión escatológica hacia su cumplimiento en y por Cristo, sino que pueda esperar su Venida llena de confianza: <Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo>.

Durante siglos los cristianos <han orientado> sus iglesias habitualmente hacia Oriente y han orado vueltos en esa dirección. El lucero matutino del cosmos era para ellos un símbolo de Cristo, la luz de su vida y del mundo. La pérdida de este simbolismo en la celebración litúrgica no facilita a los cristianos parecerse a las vírgenes prudentes y a los siervos vigilantes de los que habla Jesús en el evangelio. El cardenal Ratzinger llamó la atención sobre este aspecto en varias ocasiones. La reducción de la dimensión escatológica en la liturgia actual reclama una reflexión comprometida sobre si existe hoy en la vida de un cristiano una “situación en la vida”, para que adquiera una actitud de adviento. Sin esta orientación escatológica, mucha sal cristiana se convierte en sosa” (Egon Kapellari, obpo.).

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La Iglesia espera con las lámparas encendidas.

Adviento:
recuerdo del “olivo de Israel”

Enseña el Concilio Vaticano II:

<La Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios.

Reconoce que todos los cristianos, hijos de Abraham según la fe, están incluidos en la vocación del mismo Patriarca y que la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida del pueblo elegido de la tierra de esclavitud.

Por lo cual, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo, con quien Dios, por su inefable misericordia se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles [cf. Rom 11, 16-24].

Cree, pues, la Iglesia que Cristo, nuestra paz, reconcilió por la cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en sí mismo.

La Iglesia tiene siempre ante sus ojos las palabras del Apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, «a quienes pertenecen la adopción y la gloria, la Alianza, la Ley, el culto y las promesas; y también los Patriarcas, y de quienes procede Cristo según la carne» (Rom., 9,4-5), hijo de la Virgen María. Recuerda también que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío, así como muchísimos de aquellos primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo> (NA 4).

Siete pistas para la vivencia del Adviento

1.      Expectación y Preparación:
  • Expectantes porque el Señor volverá, en gloria y majestad en la Parusía.
  • Preparados porque vamos a hacer memoria de la Navidad, cuando vino en la humildad de la carne.

2.      Todo a su tiempo:

Desde el primer domingo de adviento y hasta el día 16 de diciembre, incluido, no se habla de Navidad, sino de Parusía (que esperamos).

A partir del 17 de diciembre y hasta el 24, incluido, no se habla de Parusía, sino de Navidad (que conmemoramos).

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A Ti, Señor,
levanto mi alma
(Sal 24)

 

El tiempo de Adviento tiene una doble índole:

  • es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y
  • es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos.Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa alegre.

    Las ferias del 17 al 24 de diciembre inclusive tienen la finalidad de preparar más directamente la Navidad (NUALC 39.42).

Un gesto para el hogar: el lucernario en el Adviento.

Con el Adviento comienza un nuevo año litúrgico.

Su celebración “tiene una peculiar fuerza y eficacia sacramental
para alimentar la vida cristiana” (S. Pablo VI).

Para tener presente esta idea en cada hogar merece la pena difundir la Corona de Adviento. En efecto, la colocación de unos cirios -sobre una corona de ramos verdes- es una catequesis y una celebración.

Sus luces se encienden progresivamente, domingo tras domingo hasta la solemnidad de Navidad, es memoria de las diversas etapas de la historia de la salvación antes de Cristo y símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera, hasta el amanecer del Sol de justicia (cf. Mal 3,20; Lc 1,78).