
Es una de las intenciones de esta Navidad:
oramos por la paz y por la Iglesia en China.
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Para escuchar y aprender:
Puer natus in Bethelem

Es una de las intenciones de esta Navidad:
oramos por la paz y por la Iglesia en China.
***

Para escuchar y aprender:
Puer natus in Bethelem

En el judaísmo la estrella es un símbolo del Mesías (cf. Núm. 24,17 Zac 9,9).
Este símbolo junto al signo dado por los ángeles (un niño en un pesebre) es un indicativo de la presencia divina.
No son menos importantes las figuras que aparecen flanqueando el pesebre, en todas las representaciones cristianas: los animales del establo.
El asno es la montura modesta que evoca el tiempo de los patriarcas (alianza) y los jueces: aquellos que viven bajo la Ley de Dios.
Estaba profetizado que en los días mesiánicos el buey comería paja (cf. Is 11,7).
Ambos animales reconocen el señorío divino (cf. Is 1,3).
Es la razón de que estén en nuestros belenes la estrella, el buey y el asno.
«El pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el Evangelio no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3:
«El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende.»
…también Habacuc 3,2:
«En medio de dos seres vivientes… serás conocido; cuando haya llegado el tiempo aparecerás».
Con los dos seres vivientes se da a entender claramente a los dos querubines sobre la cubierta del Arca de a Alianza que, según el Éxodo 25,18-20, indican y esconden a la vez la misteriosa presencia de Dios.
Así, el pesebre sería de algún modo el Arca de la Alianza, en la que Dios, misteriosamente custodiado, está entre los hombres, y ante la cual ha llegado la hora del conocimiento de Dios para «el buey y el asno», para la humanidad compuesta por judíos y gentiles.
En la singular conexión entre Isaías 1,3, Habacuc 3,2, Éxodo 25,18-20 y el pesebre, aparecen por tanto los dos animales como una representación de la humanidad, de por sí desprovista de entendimiento, pero que, ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega al conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía, que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno”.
(Benedicto XVI en su libro sobre “La infancia de Jesús”).
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Durante ocho días
celebramos el misterio de la Navidad
como si se tratase de un solo día:
tal es su fuerza en el tiempo.
Hoy, recordando al diácono Esteban,
pedimos por las vocaciones diaconales.

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Fresco de la Natividad del Señor en la monasterio benedictino de La Piovera, Madrid
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Programa de radio sobre el canto litúrgico
del día de Navidad:
Como «el día de Navidad» se prolonga en una «octava»,
merece la pena escuchar estos cantos detenidamente.
Es un programa del maestro Juan Carlos Asensio,
para conocer y divulgar.
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El misterio de Cristo se actualiza en cada eucaristía
que celebra su Iglesia.
Durante estos días de Navidad
podemos asumir el compromiso
de participar en la Misa en Rito Hispano.


HOY se lee en el martirologio:
«Conmemoración de todos los santos antepasados de Jesucristo,
hijo de David, hijo de Abrahán, hijo de Adán,
es decir, los padres que agradaron a Dios y fueron hallados justos
y murieron en la fe sin haber recibido las promesas,
pero viéndolas de lejos y saludándolas,
de los cuales nació Cristo según la carne,
que es Dios bendito sobre todas las cosas y por todos los siglos».
“Hoy sabréis que viene el Señor
y mañana contemplaréis su gloria».
Estamos en la víspera del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo”.
Esperamos con la Madre, la Virgen María:
“Ella es el templo de Dios que nos va a dar a Jesucristo”.
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Audición: Hodie scietis (Hoy sabréis)
«Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplaréis su gloria»

Los títulos de Cristo en la gruta de Belén (Palestina)
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«Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos,
Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo:
ven y salva al hombre,
que formaste del barro de la tierra».
La sexta antífona que nos prepara para las Pascuas presenta tres títulos mesiánicos.
El acróstico ERO CRAS se construye desde la primera: Rey.
Aquí, nuestro texto se inspira en la profecía de Jeremías (10,7) cuyos ecos resuenan en el libro del Apocalipsis (15, 3).
El título «Deseado de los pueblos» se encuentra también en la profecía de Ageo (2,7).
Cristo es el pontífice, el que hace un puente entre Dios y los hombres; pontífice entre los mismos hombres, con su propia carne (cf. Efesios 2, 14). Sobre la piedra angular que profetizaba Isaías (28,16) se construye el templo de su Cuerpo, la Iglesia tomada de Israel y de todas las naciones (cf. Efesios 2,14).
En la petición se confiesa que el Verbo, el Hijo del Padre, estaba actuando al inicio de la creación modelando al ser humano del limo de la tierra (cf. Génesis 2,7).
Cimentados en Él pedimos al Paráclito el don de piedad.


La Anunciación, cuyo relato escuchábamos ayer,
nos revela las primeras palabras de María.
Hoy oremos releyendo las siete palabras que los evangelios
recogen de los labios de la Madre del Señor:
I. ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? (Lucas 1,34)
II. He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra (Lucas 1,38)
III. La paz esté contigo (Lucas 1,40)
IV. Proclama mi alma
la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios,
mi salvador;
porque ha mirado la humillación
de su esclava.
Desde ahora me llamarán bienaventurada
todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho
obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
–como lo había prometido a nuestros padres–
en favor de Abrahán
y su descendencia por siempre. (Lucas, 46-55)
V. Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando (Lucas 2,49)
VI. No tienen vino (Juan 2,3)
VII. Haced lo que Él os diga (Juan 2,5)


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Hoy meditamos este título del Mesías: Llave de David.
Pedimos al Espíritu Santo el don de fortaleza.
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<Los fieles que viven con la Liturgia el espíritu del Adviento,
al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo,
se sentirán animados a tomarla como modelos y a prepararse,
«vigilantes en la oración y… jubilosos en la alabanza»,
para salir al encuentro del Salvador que viene.
(Marialis cultus, 4)


Canta así la antífona del Oficio vespertino:
«Oh Renuevo del tronco de Jesé,
que te alzas como un signo para los pueblos,
ante quien los reyes enmudecen
y cuyo auxilio imploran las naciones,
¡ven a librarnos, no tardes más!”
Hoy pedimos al Santo Pneuma el don de consejo.
Brotará un retoño del tronco de Jesé y un vástago de sus raíces dará fruto” (Isaías 11, 1 cf. Jeremías 23, 5). “Las naciones acudirán a la raíz de Jesé, que estará puesta como signo para los pueblos y cuyo auxilio imploran las naciones” (Isaías 11, 10 cf. Mateo 12, 21; Romanos 15, 12).
El Evangelio de Mateo presenta el cumplimiento de las profecías mesiánicas entroncando a Jesús con la genealogía del rey David, hijo de Jesé (cf. Mateo 1, 1; Miqueas 5, 2). Jesús, “el León de Judá, de la Raíz de David” (Apocalipsis 5, 5), será el signo “presentado ante todos los pueblos: Luz para alumbrar a las naciones” (Lucas 2, 32). Él será alzado, de igual manera como fue levantado el signo de la serpiente en el desierto (Juan 3, 14), para atraer a todos hacia sí (Juan 12, 32).
Como revelación personal, Jesús dice de sí mismo: “Yo soy el renuevo y la descendencia de David, el lucero resplandeciente de la mañana” (Apocalipsis 22, 16).
Este misterio de grandeza y poder del Siervo de Dios provoca admiración: “El asombrará a muchas naciones, los reyes cerrarán la boca ante El; porque lo que no les habían contado verán, y lo que no habían oído entenderán” (52, 15 cf. Job 29, 9s). Pero, es un misterio que exige silencio para ser penetrado (cf. Zacarías 2, 13).

Revelación a Zacarías en el Templo (Capilla de la Residencia sacerdotal S. Pedro, Madrid)
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Las antífonas “Antífonas mayores” de Adviento, también conocidas como “Antífonas de la Oh” (por la admiración con la que inicia el título de Cristo), anuncian siete nombres del Mesías profetizados en el Antiguo Testamento.
Estas antífonas se cantan o recitan en el Oficio vespertino o Vísperas, ya desde el s. VI, desde el 17 de diciembre hasta el 23 de diciembre.
Hoy, también, pueden ser cantadas o recitadas como aclamación a la proclamación del Evangelio en la Misa de los días de semana entre el 17 y el 23 de diciembre:
17 de diciembre: O Sapientia (Oh Sabiduría)
18 de diciembre: O Adonai (Oh Señor /Adonai)
19 de diciembre: O Radix Jesse (Oh Raíz /retoño de Jesé)
20 de diciembre: O Clavis David (Oh Llave de David)
21 de diciembre: O Oriens (Oh Sol del Amanecer)
22 de diciembre: O Rex Gentium (Oh Rey de las naciones)
23 de diciembre: O Emmanuel (Oh Emmanuel)
Las primeras letras de cada uno de los siete títulos leídas en sentido inverso —Emmanuel, Rex, Oriens, Clavis, Radix, Adonai, Sapientia—forman el acróstico latino «Ero Cras», que significa «Estaré mañana».
Es la respuesta del Señor a la petición <¡Ven!> que se eleva en cada “Antífona mayor”.
Con estas antífonas nos encaminamos a Belén
para recordar el evento inicial de la Redención.








