


“Durante el tiempo de Adviento
la liturgia recuerda frecuentemente a la Santísima Virgen
—aparte la solemnidad del día 8 de diciembre,
en que se celebran conjuntamente
la Inmaculada Concepción de María,
la preparación radical (cf. Is 11, 1.10) a la venida del Salvador
y el feliz comienzo de la Iglesia sin mancha ni arruga—,
sobre todos los días feriales del 17 al 24 de diciembre y,
más concretamente,
el domingo anterior a la Navidad,
en que hace resonar antiguas voces proféticas
sobre la Virgen Madre y el Mesías,
y se leen episodios evangélicos relativos
al nacimiento inminente de Cristo y del Precursor”
(Marialis Cultus 3).
La tradición hispana concreta esta preparación
en la fiesta mariana del 18 dic.

Hay dos series de lecturas bíblicas
en los días laborables del Adviento del Rito romano:
una desde el principio hasta el día 16 de diciembre,
y la otra desde el día 17 al 24 de este mes.
En la primera parte de este Tiempo,
se leen profecías de Isaías,
siguiendo el mismo orden del libro…
Los Evangelios de estos días están relacionados con la primera lectura.
Desde el jueves de la segunda semana,
comienzan las lecturas del Evangelio sobre Juan Bautista;
la primera lectura es o bien una continuación del libro de Isaías,
o bien un texto relacionado con el Evangelio.

Virgen, Madre de Dios,
cuya verdadera Inmaculada Concepción
hoy celebramos,
te pedimos nosotros, indignos y pecadores,
que por tu intercesión nos haga gratos a Dios.
Hasta tal punto limpios de la contaminación de los males,
merezcamos tomar dignamente las santas ofrendas,
[en la Eucaristía]
y después, ser dignos de la gloria de los ángeles
en los reinos celestiales.
R/. Amén.
(Rito Hispano, O. Post Pridie de la Misa de la Concepción)


Alma Redemptoris Mater,
quæ pervia caeli porta manes,
Et stella maris, succurre cadenti
surgere qui curat populo:
Tu quæ genuisti, natura mirante,
tuum sanctum Genitorem:
Virgo prius ac posterius,
Gabrielis ab ore sumens illud Ave,
peccatorum miserere.
En este domingo de Adviento,
día de san Nicolás,
el popular “Santa Claus”,
enciende la vela de la Corona.
Lee un texto de la Biblia y reza una oración:
«Pueblo de Sión: mira al Señor que viene a salvar a los pueblos.
El Señor hará oír su voz gloriosa en la alegría de vuestro corazón. »
(Is, 30, 19.30)
«Señor todopoderoso, rico en misericordia,
cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo,
no permitas que lo impidan los afanes de este mundo;
guíanos hasta él con sabiduría divina
para que podamos participar plenamente del esplendor de su gloria.
Por nuestro Señor.»

El año litúrgico, según el Calendarium, el Missale y la Liturgia Horarum (Oficio Divino), presenta la celebración del triduo pascual con su respectiva vigilia como su centro, seguido del «tiempo de cincuenta días» o Pentecostés, que se cierra con ese domingo; toda esa celebración se prepara con el «tiempo de cuarenta días» de ayuno, de penitencia y de preparación a los sacramentos pascuales: es el ciclo de la oblación pascual del Señor (40 días /3 días /50 días).
La celebración pascual se prolonga a lo largo del año (per annum / tiempo cotidiano) en una treintena de domingos.
El comienzo del año está marcado, con el adviento (6 ó 4 semanas), la navidad y la epifanía: es el ciclo de la «manifestatio Domini«, o sea, por la celebración de su venida: de la encarnación del Hijo de Dios en la tierra y de su vuelta gloriosa desde el cielo.
Las fiestas (de la Virgen, los santos y los ángeles, con la memoria de los difuntos), aunque subordinadas a las celebraciones «de tempore» (Adviento-Navidad, Cuaresma-Pascua, etc.), son preciosos jalones del año cristiano.


Figuras del Adviento son
el profeta Isaías,
Juan el Precursor,
el ángel Gabriel,
y Santa María, la Hija de Sión,
Virgen y Madre de Jesucristo.
Oremos estos días con las plegarias hispanas de nuestros padres:
Es justo y necesario darte siempre gracias,
Señor, Padre santo, Dios omnipotente y eterno,
por Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro;
a quien Juan, amigo fiel, precedió naciendo,
precedió predicando en el desierto,
precedió bautizando;
al preparar el camino del juez y del redentor,
convocó a los pecadores a la penitencia,
y, a fin de ganar un pueblo para el Salvador,
bautizó en el Jordán
a los que confesaban sus propios pecados.
Él no confería a los hombres
la gracia de una total renovación,
sino que los animaba a esperar
la presencia del Salvador.
No perdonaba por sí mismo los pecados de los que acudían a él,
sino que prometía para más adelante
la remisión de las culpas a los que creyesen;
así, quienes se sumergían en las aguas de la penitencia
debían esperar el remedio del perdón de aquél que había de venir,
y llegaría lleno del don de la gracia y de la verdad.
Cristo, pues, fue bautizado por Juan,
con agua visible y Espíritu invisible.
Todos eran guiados por la obediencia a la misericordia,
por el hijo de la estéril al Hijo de la Virgen,
por Juan, hombre grande, a Cristo, hombre Dios.
Al cual adoran los ángeles y los arcángeles,
los tronos, las dominaciones y las potestades, diciendo así:
Santo, Santo, Santo…

«Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación.
Mas para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, «entregándoles su propio cargo del magisterio». Por consiguiente, esta sagrada tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2)».
-Concilio Vaticano II, Dei Verbum 7-
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La fiesta del Apóstol Protocletos o primer llamado
aparece
en el Calendario mozárabe de Córdoba
y en el Antifonario de León.







